Carta a mi mejor amiga que se fue al cielo

Nos conocimos en la secundaria, ya hace unos años. Aún recuerdo que en ese entonces usabas brackets, peinados exóticos y un perfume que nunca me gustó, pero tú adorabas. Unos días eras retraída y otros parecías la más popular de la escuela. Te gustaban los tipos más feos y aunque nunca seguías mis consejos, siempre me pedías perdón cuando te lastimaban.

Día tras día nos íbamos juntas a cualquier lado, a veces a tu casa, a veces a la mía, o a veces a fiestas de dudosa reputación. Me cuidaste muchas veces de tipos que se querían pasar conmigo cuando bebía de más y nos prestábamos ropa, la cual cabe aceptar… nunca nos devolvíamos.

Pasaron 4 años, no hubo una semana que no nos viéramos, te consideraba mi hermana. No había nadie quien me entendiera mejor ni con quien pudiera ser yo misma sin miedo a que me juzgaran. Por fin sentía que “Dios” me había enviado a esa mejor amiga de la que todos hablan, pero muy pocos encuentran. Me sentía tan afortunada de que nos tuviéramos la una a la otra. Me hacías reír con tus tonterías hasta las lágrimas y hasta que mi abdomen ya no podía más.

El principio del final, recuerdo muy bien que sucedió un día antes de tu cumpleaños. Estábamos intentando copiar fotos que nos encontrábamos en Pinterest para publicarlas al día siguiente en tu Instagram, cuando de repente te tiraste en la cama y comenzaste a decirme que te sentías extremadamente fatigada. Tú preferiste dormir y yo mientras me quedé cuidándote toda la noche.

Toda la semana siguiente continuaste sintiéndote mal, pero como si tú supieras lo que se avecinaba, no le querías decir a tus papás. Intentábas hacerte la fuerte frente a ellos, hasta que yo no pude más y les platiqué lo que sucedía contigo. Ellos espantados te llevaron al doctor, fue entonces cuando después de una serie de estudios, él doctor les dio una noticia que no esperaban… tenías leucemia.

No sé cómo le hiciste para nunca tener miedo a la noticia, pero todos mientras sufríamos, tú intentabas seguir tu vida como si todo fuera algo pasajero. De hecho había días en los que te burlabas de ti misma y tú, sin darte cuenta, nos enseñabas que teníamos aún mucho que aprender de ti y de la situación.

Aunque tomaste tratamientos, la enfermedad se agudizó realmente rápido, más de lo común. Tú siempre supiste que no ibas a lograr vencer la enfermedad, y aunque hacías todo para mantener tranquilos a tus padres y a mí. Aunque hiciste lo posible para mantenerte bien, hubo un día que tuviste que ser internada en el hospital.

Nunca olvidaré cómo la misma semana en la que te fuiste, con tus pocas fuerzas me mandaste un mensaje diciéndome con tu característico humor negro diciéndome solamente: “gracias por todo, seré el fantasma que más te quiera… jaja”. Unos días después simplemente te quedaste dormida para jamás despertar.

Hoy no sé cómo le he hecho para superar que no estés aquí a mi lado molestándome como siempre lo hacías. Te extraño a montones, a veces en la noche siento muchísimo frío y cuando pregunto: ¿eres tú?, el frío se va, así que eso me hace sentir que aún sigues por aquí… o mínimo eso me hace sentir mejor.

Gracias por todo, fuiste la mejor amiga que el universo me pudo dar.

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